Discurso del 26 de julio, 26/VII/2004

por Pablo Batalla Cueto

Sigo haciendo arqueología de mí mismo y sigo encontrando pequeñas joyitas que creía perdidas. Esto es un comunicado que escribí para la celebración del 51 aniversario del Cuartel Moncada, y que en mi ausencia leyó Paula Rodríguez en Gijón el 26/VII/2004. Militaba entonces en la Juventud Comunista de Asturias, a la que representaba en el Comité de Solidaridad con Cuba.

Hay palabras que no son sólo palabras; que no son sólo simples concatenaciones de sonidos o letras, sino que, tras su apariencia de normalidad lingüística, esconden cosas que no aparecen en ningún diccionario enciclopédico. Stalingrado no es sólo el nombre de una ciudad rusa, ni Ebro es sólo el nombre de un río. Stalingrado y Ebro son los nombres de la sangre del pueblo heroicamente derramada en la lucha por una libertad conquistada palmo a palmo y fusil en mano. Son los nombres de millones de mártires. Es el nombre del orgullo que sentimos aquellos que enarbolamos también, como aquellos hombres y mujeres de los que nos consideramos modestos sucesores, las santas banderas de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

En Cuba conocen bien este tipo de palabras de doble fondo. Sierra Maestra, Playa Girón, Angola… Pero hoy, 26 de julio, hay una que sobresale por encima de todas las demás: Moncada. Moncada tampoco es sólo el nombre de aquel cuartel que asaltaran, allá· por 1953, un grupo de revolucionarios. Moncada es el nombre de cualquier lucha por derribar las injusticias de este mundo y conquistar una sociedad mejor. Es por eso que también nosotros tenemos muchos Moncadas que asaltar: el Moncada de la precariedad laboral, el Moncada de la inseguridad en el trabajo, el Moncada de la igualdad plena entre hombres y mujeres, el Moncada de la guerra imperialista cuyas bombas estallaron en Madrid el 11 de marzo… y, ¿por qué no? El Moncada del capitalismo, un Moncada infame levantado sobre la sangre de millones de obreros y por aquellos que, en palabras de Víctor Jara, hablan de libertad y tienen las manos negras.

En la historia ha habido muchas revoluciones. La francesa, la soviética, la de los claveles en Portugal, pero para nosotros hay una que sobresale por encima de todas las demás y es, por supuesto, la cubana. Porque es una revolución que habla nuestro mismo idioma y que fue hecha, en muchos casos, por hijos de la misma tierra que a nosotros nos ha visto nacer. El mismo Comandante, Fidel Castro, tiene ascendencia gallega. Así, a los cubanos y su obra no nos une sólo el vínculo solidario que nos ha de atar a cualquier persona oprimida del mundo: nos unen también lazos de sangre latina (una sangre dos veces roja), unos lazos mucho más poderosos que cualquier alianza militar, y unos lazos que se manifestarán con fuerza si algún día nuestra querida isla se ve invadida y requiere de la fuerza de cuantos combatientes puedan acudir a echarse a las barricadas o a la guerrilla para mantener intactas las conquistas hechas en estos cuarenta y cinco años de socialismo. Porque, aunque a mí nunca me haya gustado la palabra Patria, por los usos que han hecho de ella, en la Historia, múltiples canallas que en Europa conocemos bien, yo declaro con todo mi orgullo que mi Patria, la única por la que me siento capaz de luchar hasta la muerte, es la República Socialista de Cuba. La de nuestra Cuba. Nuestra Cuba, una Cuba que no es la Cuba del aquelarre de conspiradores infames de Miami, sino la de los recogedores de caña de Camagüey y Pinar del Río. Que no es la de Celia Cruz y Gloria Estefan, infames gusanas aferradas a las faldas del Imperio Yanqui, sino la de Carlos Puebla y Silvio Rodríguez, verdaderos trovadores de la Revolución. Nuestra Cuba, en fin, es una Cuba libre y orgullosa, que aun estando sola en mitad de la Tierra, privada del apoyo de otras Patrias revolucionarias tristemente caídas, sigue gritando a todo el mundo sus virtudes, y que en cuando es vilmente acabada saca a relucir su furia latente, manifestada por ejemplo en el millón de personas unidas en monumental manifestación contra el Imperio por el Malecón de La Habana, lugar que goza en nuestro corazón del mismo lugar de preferencia que el Musel o el Cerro de Santa Catalina, pues somos gijoneses de nacimiento y a Gijón queremos como se quiere a un hermano, pero cubanos, habaneros, de corazón y queremos a La Habana como se quiere a un amigo.

Decía el Che Guevara que la cualidad más linda de un revolucionario es ser capaz de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. No hay mejor frase para expresar nuestro sentimiento en estos días, que son días de conmemoración revolucionaria pero también de aflicción por la injusta encarcelación de cinco compañeros, cinco luchadores injustamente criminalizados y cuyo único delito ha sido la lucha contra el terrorismo. Contra el terrorismo que, desde Miami, el contubernio de conspiradores rencorosos mal llamados cubanos emprende contra su propia Patria, empeñados como están en destruir los logros de la Revolución. Nosotros, hoy, nos sentimos presos de la misma cárcel, del mismo zulo inhumano en el que se hacinan estos compañeros. El dolor de Antonio, Fernando, Gerardo, Ramón y René es nuestro dolor. Su llanto es nuestro llanto. Su rabia es nuestra rabia. Su puño es nuestro puño y también será nuestra la suerte que corran, para bien o para mal. Estamos con ellos en las alegrías y en las penas, pues en la Revolución no hay individuos, hay un solo corazón que siente todas las injusticias, ya sea el hambre de los somalíes o el dolor de las mujeres golpeadas por sus maridos en Alicante o en Almendralejo. Frente al individualismo capitalista, nosotros declaramos con toda la fuerza que nace de nuestras seculares cuerdas vocales que no son cinco hombres los que están presos de esa cárcel. Es el hombre, el género humano entero el que aferra esos barrotes. La liberación de estos cinco compañeros será la liberación de todos nuestros millones de corazones, igual que su muerte, si las cosas se tercian, sería nuestra muerte, tal y como hemos hecho a lo largo de toda la historia. Hemos muerto fusilados con Julián Grimau, hemos vivido en nuestra propia carne la huelga de hambre y posterior muerte de Bobby Sands y sus compañeros, y también alzamos al viento la mano victoriosa de Nelson Mandela.

Nuestra lucha, la lucha que venimos llevando a cabo a lo largo de toda la Historia, es una lucha que, a pesar de lo que digan algunos, no ha muerto ni morirá jamás. Puede decaer, pero jamás morir. Mientras escribía este comunicado, escuchaba una vieja canción soviética llamada Polioushka Polie. La canción empieza con unas notas muy leves, casi inaudibles. Poco a poco va subiendo, van uniéndose nuevas notas a la modesta melodía inicial. Y finalmente, estalla en un clamor de voces unidas. De la misma forma, quizá ahora seamos cuatro los congregados aquí, quizá nuestra voz apenas sea oída. Pero mañana seremos cuarenta. Y pasado mañana, serán cuatrocientos los puños alzados al viento, y después cuatro mil, cuatrocientos mil. Y mienten. Mienten como bellacos los que dicen que perdimos la batalla. Esos, esos que hoy nos desprecian, serán los que el día de mañana, cuando hayamos triunfado de nuevo (porque nuestra es la victoria) digan que siempre estuvieron de nuestro lado, peleando en nuestra barricada, como la sombra que sólo nos sigue cuando brilla el Sol.

Hoy es el aniversario del Moncada, pero nosotros no somos simples nostálgicos que conmemoran, peinando más canas cada año, algo que pasó hace cincuenta y un años. Por supuesto que no. Todo lo contrario. Miramos al futuro de frente, a los ojos. Lo miramos desafiantes y también imaginativos, con la mirada del pintor ante un lienzo vacío o la del arquitecto ante un enorme solar. Conquistaremos ese futuro sea como sea, a golpe de palabra o de fusil, si se hiciera necesario. Lo conquistaremos los jóvenes, los mismos jóvenes que asaltaron el Moncada. Y lo conquistaremos con una mano aferrada al pasado, para no caer en sus mismos errores, y la otra estrangulando a nuestro particular Antiguo Régimen, que acabaremos por asfixiar. Otros hace ya décadas que lo hicieron.

Camaradas, ¡VIVA CUBA SOCIALISTA! ¡VIVA LA REVOLUCIÓN CUBANA!

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