Discurso contra la ocupación de Iraq, 19 de febrero de 2004

por Pablo Batalla Cueto

Éste es otro de los tres discursos que escribí y leí durante mi militancia en la JCA, éste con motivo de una concentración convocada por el Comité de Solidaridad con la Causa Árabe contra la ocupación de Iraq. Recuerdo que la camarada Andrea me apostó no sé si una cerveza a que no decía UHP en el discurso, y que gané. Tenía 16 años.

Hoy es día 19 de febrero. Un día cualquiera, un simple jueves de trabajo y estudios en el que la vida sigue su correr cotidiano y monótono, y en el que quizás mientras nosotros maldigamos furiosamente a nuestro jefe o a nuestros profesores, algún pobre iraquí esté muriéndose de hambre o de pura desesperación después de haber perdido a toda su familia en un bombardeo. Sólo los más viejos por aquí recuerdan algo parecido, cuando Gijón no era la ciudad pacÌfica, cosmopolita y despreocupada que es hoy, sino un lugar regado de los mismos odios y temores que se extendÌan por toda España, cuando en cualquier momento podía caer una bomba desviada en el tejado de casa, o cuando hasta las gentes de paz ajenas a los acérrimos odios ideológicos podían caer abatidos por las balas de un fusil. Hay apacibles ancianos que aún lloran de impotencia ante el recuerdo del hermano, del padre, del familiar asesinado como un perro. Preguntadles, disfrutad de sus recuerdos, pero pensad también que eso que para nosotros no son ya más que las letras descoloridas de los libros de historia, ahora mismo está sucediendo no tan lejos como parece, en ese Oriente Medio al que baña el mismo mar en el que nosotros nos sumergimos en Salou o en Benidorm.

Como representante del Comité de Solidaridad con Cuba, no puedo dejar de recordar también el ignominioso bloqueo que vive la cálida isla caribeña por cuya causa revolucionaria luchamos. Y a pesar de ese férreo bloqueo, Cuba va, Cuba resiste como ejemplo magistral de liberación de los oprimidos. También Iraq está bloqueado. También el gigante yanqui aboca a la muerte a millones de iraquíes en aras de una supuesta lucha por la democracia y la justicia. Y también los iraquíes deben saber resistir con toda la fuerza que nazca de sus corazones desgarrados por tanta injusticia contra esta vil invasión que, recordemos, no es la primera ni será la última.

Tampoco puedo dejar pasar este comunicado sin recordar a los cinco compañeros cubanos que están presos en Estados Unidos, prisioneros de la misma hipocresía que se echa las manos a la cabeza ante la, dicen, falta de derechos humanos en Cuba y mientras tanto trata como trata a los presos de Guantánamo o a estos mismos compañeros cuyos derechos judiciales más obvios y básicos les vienen siendo negados. Y eso por no hablar de la más que dudosa justificación de su eencarcelamiento.

El 11 de septiembre de 1973, una fecha morbosamente coincidente con el episodio que todos conocemos, se producía en Chile un golpe de Estado auspiciado por gran parte del ejército y apoyado por la extrema derecha y, ¡cómo no!, por el Estados Unidos de Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger (premio Nobel de la Paz aquel mismo año por la firma de unos tratados durante la guerra de Vietnam). Cercado por los militares golpistas, al presidente Salvador Allende se le ofreció la posibilidad de marcharse del país en avión con su familia, asegurándosele que su vida sería respetada. Pero Salvador se mantuvo firme en su trinchera particular, como los milicianos de la Guerra Civil o los revolucionarios de Sierra Maestra. Y murió. Murió como los grandes héroes mueren: luchando por aquello en lo que creen. Poco antes de esta fatal hora, el presidente lanzó a los chilenos su último discurso, todo un emotivo canto a la libertad con la lírica melancólica de los poemas de Neruda o de Miguel Hernández y también con la fuerza de uno de los grandes discursos polÌticos de la historia reciente. “Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”, dijo. Invocaba al pueblo, al pueblo desgarrado sobre el que se avecinaba la dictadura. No como mister George Bush II, cuya frase trascendental para la historia después de los atentados del 2001 fue: God save America, “Dios salve a América”. Allende no invocó a una desconocida y etérea fuerza superior, sino al pueblo, a las masas hambrientas de indios y campesinos sin tierra, como enunciara el Che Guevara en otro genial discurso. Eso es lo que nos diferencia de aquellos que tienen en el odio y la mentira su más característica razón de ser: que no nos sentamos a esperar la mística salvación divina sino que confiamos en nuestra propia fuerza para cambiar, aun siendo en lo más mínimo, todo cuanto hay de injusto en este mundo. Así pues nosotros, la izquierda, a quien Aznar relaciona con “la España del No pasarán”, invocamos más bien la España de UHP: Uníos Hermanos Proletarios. Porque la unión hace la fuerza, y unidos combatiremos ahora y siempre a aquellos que, en 1914, 1936, 1939 o 2003 y a lo largo de toda la Historia, han manchado sus manos con la sangre de los pueblos abocados a la guerra, frente a la cual hemos acuñado ese “No a la guerra” de las camisetas y las pintadas, un lema que no debe decaer jamás y menos aún ser únicamente una moda pasajera. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

¡VIVA CUBA SOCIALISTA! ¡LIBERTAD PARA LOS CINCO! ¡VIVA LA RESISTENCIA DEL PUEBLO IRAQUÍ!

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