La vejez

por Pablo Batalla Cueto

Haciendo en mi cuenta de correo la arqueología de la que hablo en mi último artículo, encontré esto que, aparentemente, escribí en Polonia en el verano de 2008.

Quizás la vejez sea eso, piensa, apoyado en la barandilla de un balcón más allá del cual duerme una ciudad que no conoce: cuando los rostros que uno ha amado intensamente se difuminan tras un manto de nubes, y en alguna esquina recóndita de la memoria se amontonan un monton de carpetas repletas de fotos amarilletas o yace acurrucada una mujer -una, en concreto, una entre todos los miles de millones de burdas fotocopias con que alguien se encargó de llenar el mundo para despistarle-. ¿Qué estarás haciendo ahora?, se pregunta. Los edificios enormes y antiestéticos que cuarenta anos de realismo socialista colocaron enfrente de aquel balcón callan, como callan tambien los castillos cruzados, el río Vístula a su paso por todas partes o la sopa de remolacha que una amable mujer de coletas le sirve en Częstochowa. Claro que, ¿qué han de saber ellos?

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