El mismo río

por Pablo Batalla Cueto

Una de esas cosas que siempre quise hacer, pero mi naturaleza perezosa e inconstante me lo ha impedido cada vez que lo he intentado, es escribir un diario. Pero no es sólo la pereza; lo que me pasa, en realidad, es que soy la clase de persona que, si decide escribir un diario, no se conforma con un diarito cualquiera, sino que debe escribir el diario, un compendio completo y minucioso, de varias páginas, de todo lo que ha hecho, dicho y pensado a lo largo del día. Tal vez si me conformase con elaborar pequeñas sinopsis mis diarios durarían más, pero no soy capaz de hacerlo, y lo único que consigo con mi tozuda vocación totalizadora es cansarme mucho antes.

Esta incapacidad mía me venía entristeciendo desde hacía años, pero ayer dejó, en cierto grado, de hacerlo, gracias a un descubrimiento fortuito. Fue al traspasar el contenido de mi cuenta de Hotmail a un programa de gestión de correo electrónico, cuando reparé en que, desde 2005, cuando Hotmail extendió hasta lo irrellenable el límite de espacio disponible para cada usuario y yo dejé, entonces, de ir borrando a medida que los iba leyendo los e-mails que recibía, habían ido acumulándose en mi cuenta nada menos que 4394 mensajes. Su contenido es de lo más variopinto: desde los consabidos mensajes cadena tipo “reenvía esto a diez contactos si no quieres que” hasta algunos de esos cuestionarios que se pusieron de moda entre los adolescentes durante algún tiempo, y que uno debía completar con una serie de informaciones triviales sobre sus gustos y aficiones. Y también mensajes de amigos que lo siguen siendo, de otros que dejaron de serlo e incluso de alguno de aquellos amores fugaces y jamás correspondidos que precedieron al felizmente definitivo. Algunos vienen con fotografías adjuntas.

He dedicado un buen rato a hacer lo que podría denominar arqueología de mí mismo con toda propiedad, pues, como la auténtica arqueología, no sólo incluye el acto principal de desenterrar, sino también una concienzuda y nada fácil labor de interpretación de los restos; es decir, de a qué suceso olvidado hace alusión tal comentario, o a qué referencia grupal perdida alude tal chiste, o quién diablos es ese tal Fulano que parecía ser muy amigo mío hace siete años y a quien hoy ni siquiera recuerdo. El Pablo Batalla de hace siete años es, en gran parte, un completo desconocido para mí.

Te estás convirtiendo en un buen amigo”, me dice, en uno de los mensajes, una chica que me gustaba allá por el verano de 2005. Hace años que no sé absolutamente nada de ella. Ahora me embarga una indefinible sensación incómoda mientras pienso si no tendría razón aquel filósofo griego que decía que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río.

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