La misa y la procesión

por Pablo Batalla Cueto

{Artículo publicado en La Voz de Asturias, 29/XII/2012}

Según una encuesta reciente del diario News of the world, una amplia mayoría de británicos estaría a favor de un eventual salto dinástico, que permitiese al bienquisto Guillermo de Cambridge suceder en el trono a su abuela Isabel II, vadeando los derechos del impopular Carlos. Es comprensible: en la patria de Arturo Pendragon se espera de los soberanos una imagen de esplendor caballeresco, que casa mal con la del príncipe infiel que despreciara a la bella y doliente Diana, y aspirara, según desvelara en una célebre cochinada telefónica pinchada y hecha pública, a ser el támpax de la denostada Camilla, la bruja mala del cuento.

Los hijos de la Gran Bretaña desean, en suma, aplicar también aquí ese mediopensionismo en el que son consumados maestros, y a mí esto me parece fatal. Si se acepta someter la elección del jefe del Estado al caprichoso arbitrio de la biología, ha de asumirse que esa ruleta rusa genética parirá unas veces Arturos, y otras, las más, regurgitará canallas, ineptos o retrasados mentales. Así que nanay. Tráguense con chips los albionenses al marranete y orejudo fish o reclamen una república que les permita derrocar al antipático y encumbrar al estimado, o incluso, como ha llegado a suceder en Bulgaria, devolver la gobernación de la patria, mientras se porte bien y concurra a las elecciones, al viejo rey depuesto, pero escojan lo uno o lo otro, apechuguen con lo elegido y no den la barrila. O la misa o la procesión. O churras o merinas. O las caenas o la libertad, leñe.

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