Tardes soleadas de corrida

por Pablo Batalla Cueto

En todos o casi todos los lugares del mundo dotados de un cierto grado de entidad nacional sucede que, conviviendo con el himno oficial, existe otro cántico informal que la colectividad acaba prefiriendo a aquél y elevando al rango de himno oficioso. La coexistencia es en general pacífica. Los dos himnos no se niegan entre sí ni son incompatibles: cada cual tiene su ámbito, y se utilizan indistintamente. El oficial, pensado para ser reproducido en grandes eventos internacionales, es algo así como un pulcro embajador, o uno de esos ultramodernos y relucientes aeropuertos internacionales destinados a provocar una primera impresión positiva al forastero antes de abrirle las puertas a la mucho más prosaica realidad de un país en vías de desarrollo. Es publicidad, en suma: unas veces, una optimista glosa de las excelencias de la nación que lo canta, en la que los guerreros siempre son valientes, los trabajadores abnegados y los campos feraces; en otras ocasiones no menos propagandísticas, solemnes y elegantes piezas clásicas diseñadas para transmitir al universo mundo una conveniente imagen de respetable seriedad. El himno oficioso suele ser, en cambio, de consumo interno, poco conocido fuera de las fronteras del redil de sus cantores. Carece, pues, de ese deber de maquillar imperfecciones, y eso le permite canalizar mejor, sin obstáculos, el torrente del genuino espíritu nacional de su pueblo. No es, como el otro, un panel publicitario, sino un enorme espejo, o un certero encefalograma que, si se sabe descifrar adecuadamente, puede ser el testimonio más elocuente acerca de qué piensa un colectivo humano de sí mismo.

Irlanda es un buen ejemplo de esta clase de dicotomía. Su himno oficial es Amhrán na bhFiann, un ardoroso elogio a la bravura de los soldados que, “entre el rugir del cañón y las balas”, juraron ser libres y dar su vida por Irlanda. Nada excesivamente original, que no sea rastreable en La marsellesa, en Fratelli d’Italia o en otros himnos ilustres. De la verde Erin es mucho más interesante, como siempre, el himno oficioso, The fields of Athenry, un desgarrado canto al doloroso infortunio histórico de la nación irlandesa, imbuido de esa misma curiosa especie de orgullo pesimista del derrotado que también caracteriza al Asturias de Pedro Garfias y Víctor Manuel y al catalán Els Segadors. Cuenta la historia de Michael, un joven irlandés detenido y deportado por robar maíz durante la apocalíptica hambruna que, fruto de una súbita carestía de patatas provocada por el mildiú, sacudió la isla a mediados del siglo XIX, consumiendo la vida de dos millones de sus habitantes.

El himno oficioso de España es el Y viva España de Manolo Escobar.

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