Una mula con un yoyó

por Pablo Batalla Cueto

{Artículo publicado en La Voz de Asturias, 22/III/2012}

Los seguidores del Cádiz Club de Fútbol hicieron nacionalmente popular, hace unos años, el inopinado cántico que suelen corear en los partidos de su equipo: «Alcohoool, alcohoool, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual.» Cai é azín; hoy, los gaditanos celebran el bicentenario de la Constitución de 1812 de la misma forma que las derrotas del Submarino Amarillo: alegremente, jubilosamente, dicharacheramente, con disfraces, con vivas a la Pepa, con peloteos lameculoides al tataranieto del rey felón que truncó el orgasmo democrático por parte de los nietos ideológicos del «¡Muera la libertad, vivan las caenas!», con alcohol, con alcohol. Han venido a emborracharse y les da igual que lo que estén conmemorando sea el triste aniversario, y en buena medida la vigencia, de un rotundo fracaso.

Hace siete años, en 2005 y, casualidades de la vida, exactamente el día que cumplí dieciocho años, participé como interventor en un colegio electoral con motivo del referéndum convocado para ratificar el proyecto de Constitución Europea aprobado por los mandamases comunitarios dos años antes. Recuerdo bien que, al final de la tarde, un hombre mayor se allegó a la mesa para depositar su papeleta, y que al hacerlo reparó en la credencial de Izquierda Unida que pendía de mi cuello. Yo era el único representante político en todo el colegio; el resto de partidos no había querido o no había podido enviar interventores: tal era la desidia generalizada que rodeó a aquel plebiscito. Izquierda Unida fue el único partido grande que solicitó entonces el voto negativo, y aquel señor debió de percibir en mi solitaria presencia allí una especie de silencioso reproche. Sin que, por supuesto, yo se lo pidiera ni hubiera, de hecho, pronunciado palabra alguna, se vio impelido a justificar el sentido de su voto, por lo demás democráticamente secreto. Me miró esbozando un gesto como de disculpa, y me explicó algo como esto: «Yo no sé de qué me cagon mi madre va esto, rapacín, pero Zapatero dijo que votáramos que sí, y yo soy socialista de toda la vida.» Esto último lo dijo con un tono como de orgullo. Introdujo su papeleta en la urna, me volvió a mirar, sonrió mientras se encogía de hombros y se marchó, silbeteando con alegría, y un ágil meneo de bastón para marcar el ritmo, una cancioncilla que me pareció el pegadizo himno del PP.

Decía Lyle Lanley, vendedor de monorraíles en uno de los mejores capítulos de Los Simpsons, que los pueblos con dinero son como una mula con un yoyó: nadie sabe cómo lo ha conseguido, y que me aspen si sabe utilizarlo. ¿Como qué son los pueblos con democracia? Pensémoslo mientras guardamos un solemne minuto de silencio en memoria de Doña Pepa.

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