La dinamita de Bamiyán

por Pablo Batalla Cueto

{Artículo publicado en La Voz de Asturias, 1/III/2012}

En el centro de la Capilla de San Bartolomé, una de las que se disponen en derredor del claustro de la Catedral Vieja de Salamanca, Diego de Anaya duerme el eterno sueño de los siglos arropado por el frío alabastro de un hermoso sarcófago, circundado a su vez por una soberbia reja renacentista. La forja consiste en una serie de varillas verticales paralelas, primorosamente ornadas con una constelación de pequeños detalles y atravesadas transversalmente por un par de franjas, una de las cuales está formada por una hilera de caracteres góticos que, con pomposa solemnidad medieval, anuncia la identidad y el currículum del ilustre yacente.

Hace un par de semanas, uno de los profesores del máster que me encuentro cursando ofreció a la clase una visita al museo catedralicio de Salamanca, de cuyo recinto forma parte la capilla, con el propósito de mostrarnos, con todo grafismo y crudeza, la panoplia de males de que debe huir como de la peste cualquier gestión museística: el museo salmanticense los condensa absolutamente todos. Los tesoros están dispuestos anárquicamente, arrojados de cualquier manera como a un desván sin ninguna clase de planteamiento expositivo coherente y uniformemente sazonados por una venerable capa de polvo, varias veces centenaria. La iluminación, deficiente y aleatoria, enfatiza piezas anodinas y sume en una desmerecedora oscuridad a las alhajas más preciosas. En algunas salas, obscenos cañonazos de corrosiva luz natural penetran sin obstáculo a través de amplios ventanales, incidiendo directamente sobre las obras. Las imprescindibles cartelas de información explicativas de las características de lo expuesto, brillan, en fin, por su ausencia.

Esto ya de por sí flagrante palidece al lado de la más indignante de las negligencias: ningún sistema de seguridad garantiza la integridad de la exposición, y eso, en un país como éste, se paga: varias de las letras de la reja del sepulcro de Anaya, por ejemplo, han ido siendo sustraídas impunemente por visitantes vándalos. La Iglesia, propietaria del museo, lloriquea lo de siempre: que, depauperada hasta frisar la miseria en estos ingratos tiempos de ateísmo, le falta parné para acometer el adecentamiento. Que bastante hace ya con emplear las cuatro perras de que dispone (unos diez mil milloncejos anuales de nada sólo en dinero público) en dar de comer a sus hambrientos empleados.

Los talibanes destruyeron, hoy hace once años, con tanques y dinamita los budas de Bamiyán. La ignorancia, la incultura y el terrorismo artístico revisten formas diversas, pero casi siempre acaban relacionándose, de una manera de otra, con sujetos que visten de negro y creen mucho en Dios.

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