El cim dels anys

por Pablo Batalla Cueto

© Miguel Ángel Batalla Muslera

{Artículo publicado en La Voz de Asturias, 8/III/2012}

Sobrenadando el viscoso bebistrajo que la delicada vasija que es mi memoria se encarga de contener está, desde hace años, solitariamente desmembrado del poema completo del que formara parte en tiempos, un verso en catalán, del que ni tan siquiera recuerdo el autor. Éste es: Aposentat al cim dels anys, contemplo el mar de mi mateix, y ésta su traducción: “Aposentado en la cumbre de los años, contemplo el mar de mí mismo.” Sucede a veces esto: que entre los ladrillos de lírica que edifican la poesía alguno, a veces, refulge con tal intensidad que logra eclipsar al resto de sus congéneres y alcanzar entidad propia. Tampoco sabría decir de qué naranja nerudiana forma parte este jugosísimo gajo: Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas, mordiendo solo todas las tristezas, como si el llanto fuera una semilla y yo el único surco de la tierra. Ni de qué flor de Ángel González proviene este pétalo: Todo lo consumado en el amor no será nunca gesta de gusanos.

Tienen todos estos versos sueltos algo en común: sus hechuras de proyector de diapositivas, capaz de componer imágenes vividas en el blanco lienzo de la imaginación. Veo nítidamente al ignoto padre de aquel verso catalán como un anciano jadeante por la fatiga de la ascensión, arrellanado entre las piedras del anfractuoso vértice de un pico muy alto, escrutando atentamente, justo antes de despeñarse, los minúsculos puntitos que hormiguean en el valle, distinguible sólo para él qué hormiga es la madre, cuál la novieta del primer beso y cuál el adusto teniente coronel de los Regulares de Ceuta.

Y después me veo a mi mateix, coronando otras montañas y contemplando otros mares personales que no son aún, espero, los de mi vida completa, pero sí, verbigracia, los de mi vida académica, coleadora hoy de sus últimos estertores. Adivino allá abajo a don Francisco de Caso, imitando con las manos la manera de tocar un acordeón para ejemplificar la expansión y contracción de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Detecto, también, a Rosa, y a José María, y a Fernando el virolo, y la estampa enjuta de Ofelia, y la barba de Joaquín, y el bigote de Lorenzo.

Los saludo cariñosamente a todos desde las alturas, agradecido, aun seguro de que no pueden verme. Casi todos, reparo, eran de Letras, y no puedo evitar preguntarme, mientras muevo la mano, cuánto más avanzada marcharía hoy mi escalada a las cumbres de la cultura humanista si veinte años de adoctrinamiento obligatorio no hubieran ralentizado mi paso llenándome las alforjas de logaritmos y permanganatos, y si se me hubiera permitido enfilar, rectilíneo y sin agotadores desvíos, mi camino desde el preciso instante en que decidí escogerlo entre todos los otros.

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