Día de la marmota en la Paloma Blanca

por Pablo Batalla Cueto

© Pablo Batalla Cueto

Impresiones y estampas de un viaje a Marruecos / 5

El pequeño plano de Tetuán ofrecido por la Guía Trotamundos de Marruecos de Anaya Touring Club es enormemente elocuente acerca del organismo dual, híbrido o simbiótico casi, que es la Paloma Blanca del Rif. Tetuán son dos Tetuanes, en realidad: uno, el nuevo, que el plano de la guía pinta de un aséptico amarillo pastel, formado por largas avenidas rectilíneas entrecruzadas en ángulo recto o, a lo sumo, radialmente. La Rue du Général Franco corre paralela a la Avenue de Mohammed V, no muy lejos del Boulevard de Hassan II: los tiranos, siempre arrejuntaditos. El otro Tetuán, inserto en el otro, es el Tetuán viejo: un amplio recinto amurallado, con vaga forma de campana, representado en un rojo intenso, pero surcado de una telaraña de caprichosas venitas blancas, anárquicamente serpenteantes, tan estrechas que ni siquiera les cabe el nombre que tal vez ni tengan. Todas las grandes ciudades marroquíes son un poco así, con sus cuadriculados restos de colonialismo europeo conviviendo espalda con espalda con esos imposibles laberintos medievales de aromas, sonidos y colores que son las medinas, pero en ninguna parte el contraste es tan rabiosamente brusco como en Tetuán. En ninguna parte como allí la férrea confianza occidental en la fidelidad de los mapas se revela absolutamente desaconsejable tan rápidamente: bastan apenas veinte metros de temerosa internada más allá del umbral del dédalo para que, allí donde uno porfía en querer ver una callejuela plácidamente enfilada hacia tal mezquita o tal palacio, se tropiece con una puntiaguda esquina no cartografiada que le pinche y le deshinche el inútil flotador. Sumergirse entonces, desprotegido, en las procelosas aguas de la medina, y asumir que ha de prescindirse del plano y del reloj y comenzarse a deambular sin rumbo fijo ni horarios, confiando en acabar dándose de bruces con la mezquita, el palacio o la salida más tarde o más temprano, es todo uno.

Abandonado todo asidero espaciotemporal, en Tetuán las horas transcurren surreales, elípticas, elásticas, como echadas a andar al compás de la aguja de uno de los relojes blandos de Dalí. El problema surge cuando un inoportuno rugido de tripas lo devuelve súbitamente a uno al mundo de los apresurados: los estómagos no entienden de esta naturaleza retorcible del tiempo, y se rigen según su propio reloj biológico. Según asegura la Guía Trotamundos, el único restaurante que hay en toda la medina tetuaní es el Palace Bouhlal, cerca de la Gran Mezquita; pero, ¿dónde diablos está la Gran Mezquita? Toca entonces rescatar el plano de las profundidades de la mochila, y, otorgándole esta vez la misma fiabilidad que se le daría al dibujo de un niño, calcular difusos rumbos cardinales: siempre al norte, por ejemplo, y, agarrados a esta referencia, recorrer las callejas escogiendo sólo las bocacalles orientadas en tal dirección.

No hará falta, tampoco ahora, demasiado tiempo para hundirse en la frustración y sentirse aojado por uno de esos genios traviesos de Las mil y una noches u obligado a experimentar un desquiciante día de la marmota: tan sólo el que se emplee en doblar las mismas esquinas, toparse al mismo vendedor de pastelillos tapados con film de plástico para protegerlos de la gula de los insectos, reparar con sorpresa en el mismo póster de Fernando Torres o estar a punto pisar los huevos que la misma campesina ataviada con un colorista atuendo tradicional vende en una manta tendida en el suelo cuatro o cinco veces. La sensación de hechizo no desaparecerá cuando, casi al borde de la desesperación, un hecho completamente fortuito rompa la maldición; uno como, digamos, toparse a un par de turistas catalanes, y, en tono casi de súplica, interrogarles acerca de la puñetera mezquita, y que ellos, tampoco muy seguros de saber dónde se hallan, sugieran sin mucho convencimiento como posible ruta el callejón por el que uno está absolutamente convencido de haber transitado ya, y recorrerlo sin demasiada esperanza, y que, al final de él, casi envuelta en una beatífica neblina celestial, se yerga, finalmente, la Gran Mezquita de Tetuán.

Tal vez, media hora después, devorando ya con ansia el cuscús o las keftas o el tajín que no podrían saber más deliciosos, el satisfecho turista se pare a pensar en que acaba de ser el involuntario actor de una atinadísima alegoría sobre lo que viene a ser la vida.

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