La fiesta de Salamanca

por Pablo Batalla Cueto

{Artículo publicado en La Voz de Asturias, 15/III/2012}

El día se entreduerme, pachorrudo, al final de sí mismo, bostezando hálitos de luz precrepuscular que acarician los omnipresentes sillares de arenisca de Villamayor y logran extraerles el alma dorada de las pétreas entrañas. La gama del amarillo se enseñorea del mundo y cubre la ciudad de un elocuente tinte, que tiene a la vez color de primigenios trigales y refulgencia de imperios pretéritos. El dominio es interino, fugaz regencia inserta entre la clausura del gobierno de la luz y la parsimoniosa inauguración de la presidencia de las sombras, que, entretanto, se desperezan con calma, estirando dramáticamente su elasticidad gomosa desde las bases de las farolas. La Plaza es un tranquilo bullir de paseantes que respiran con deleite el perfume terroso, elemental, del atardecer castellano. Del escaparate de helados del Novelty se descuelga una larga cola de clientes ansiosos, que después, ya lengüeteando las cremosas bolas de inopinados sabores, irá desliéndose en el racimo de grupitos sentados que adereza el menguante triángulo de sol del ágora salmanticense, o desaguará en el sereno flujo de la ordenada turba que encamina sus pasos hacia la Rúa Mayor. Dos espigadas cigüeñas, funambulísticamente repanchingadas en lo alto de la espadaña de la iglesia de San Martín, atalayan discretamente la procesión, indistinguible su característico tableteo en el promiscuo amasijo de sonidos que emana de la ancha calle, abarrotada de terrazas, de gente y de alimentosas nubes de olor a jamón que exhalan, qué mejor publicidad, las chacinerías. El violinista de siempre interpreta con calmosa pasión una dulce barcarola; su inseparable perro blanco dormita, apacible, detrás. Ruidosos guiris enrosecidos por el sol, desenfadadamente ataviados con las sudaderas universitarias que acaban de adquirir en alguna tienda de recuerdos, conviven en inverosímil armonía con vetustas parejas de charritos de toda la vida, recalcitrantes recorredores solemnes del itinerario dominical de costumbre, abrigo de visón ellas, severo donaire de hidalgo y La Gaceta bajo el brazo ellos. Vigilándolos a todos con tridentino celo de Gran Inquisidor, el inmenso farallón de la torre de la Catedral se yergue, rotundo, al final de la Rúa: en este plat pays, como en el de Jacques Brel, las catedrales son las únicas montañas.

Alguien, en alguna parte, me pregunta:

– ¿Qué estudiaste?

– Historia, en Salamanca -contesto protocolariamente.

– ¡Salamanca! Echarás de menos la fiesta, ¿eh? -me dice entonces, guiñándome el ojo y golpeteándome el brazo con el codo en gesto de maliciosa complicidad noctámbula.

– Sí, je, je… La fiesta… Eso es lo que más echo de menos, sí. -respondo, por algo responder, al muy imbécil.

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