Certezas perdidas

por Pablo Batalla Cueto

En este infinito sembrado de estupidez que es el mundo hay una larga serie de brotes que, al topármelos de tanto en tanto aquí o allá, siempre tienen la portentosa capacidad de volverme las tripas del revés. Supongo que todos recorremos la senda de la vida con una lista propia de este tipo de cosas en el bolsillo de la chaqueta; me refiero, y no sé explicarlo mejor, a esos odios fijos, transidos de una cierta irracionalidad, que nos zarandean de vez en cuando; a esa cara que, cuando aparece por televisión, nos obliga a cambiar automáticamente de canal para no explotar de frustración por no poder abofetearla, y que no sabríamos decir por qué es ella la más aborrecida y no la de cualquier otro de los centenares de candidatos a archienemigo personal, algunos con más méritos objetivos para serlo que el finalmente elegido. A mí me pasaba con Ángel Acebes.

El número uno en la lista no siempre es el mismo, y no siempre es una persona. Puede ser un cierto fenómeno social lo que lo saque a uno de sus casillas. Una de las cosas que me saca a mí de las mías es esa clase de altares improvisados de velitas y flores que el vulgo acostumbra, entre aparatosos aspavientos de llanto, a componer, ellos creen que espontáneamente y no teledirigidos por los medios de comunicación y su propio vacío existencial, cada vez que alguna tragedia se pone de moda. Otra, la escasísima concurrencia que, incluso bajo las coyunturas de terrorismo económico más salvajes, suele acudir, en mi país, a cualquier acto de protesta.

Con todo, hay bálsamos capaces de aplacar la furia. La desidia protestante de mis compatriotas he querido explicarla siempre en razón de su naturaleza perezosa; al fin y al cabo, éste es el pueblo cuyas mayores contribuciones al progreso humano son la siesta y la fregona. De donde no hay no se puede sacar, pensaba, y eso me tranquilizaba. De lo de las velitas, suponía que iba por barrios. Que todos los ejemplos que conocía de histrionismo semanasantoide habían tenido lugar en latitudes meridionales, mediterráneas, alejadas del comedimiento atlántico que en mi tierra los hacía impensables, y eso me tranquilizaba.

Olvidaba que si algo caracteriza a las certezas es que casi nunca lo son. Ayer, a la vista de las tres mil personas que en Gijón dedicaron la tarde a acudir a El Molinón y a gastarse los dineros en coronas y cirios para hacerle un altar a Manolo Preciado, mis dos pequeñas certezas desaparecieron de golpe, rematadas por sendos puñales que eran una conocida cita de Einstein acerca de la universalidad de la estupidez humana y el principio de Hanlon, ligeramente modificado: «nunca atribuyas a la pereza lo que puedas atribuir a la estupidez»

Sit tibi terra levis, Manolo.

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