La última cacería

por Pablo Batalla Cueto

{Reseña publicada en El Cuaderno, 8/VI/2012}

En marzo de 1878 la nación comanche, definitivamente sometida tras una larga y sangrienta guerra con el hombre blanco, malvivía arredilada en la reserva de Fuerte Sill, en el actual estado de Oklahoma. Divididos en varias tribus, los comanches nunca habían tenido una cabeza visible: los diferentes grupos, espontáneamente acaudillados por guerreros fuertes y carismáticos, unían o separaban sus fuerzas en función de los vaivenes de la guerra, pero no había tal cosa como un gran jefe de la comanchería, y ello desconcertaba a los europeos, que tardaron un tiempo en caer en la cuenta de que los acuerdos y tratados que firmaban con los belicosos indígenas eran papel mojado para un pueblo que no reconocía más autoridad que el vigor de sus caballos y la legendaria puntería de sus arcos de tendón. Pero en 1878 las cosas habían cambiado. Los comanches, diezmados y obligados a sedentarizarse y a adoptar el modo de vida agrícola que despreciaban, no tardaron mucho en reconocer de manera tácita y oficiosa como su líder y representante a Quanah Parker, el corpulento mestizo que había sido el último adalid de la resistencia. Tras la derrota, Quanah había sabido adaptarse a la nueva situación, ganando a la vez, como amigo leal, la confianza del hombre blanco y, como hábil y duro negociante, el reconocimiento y aprecio de los nativos, que acudían a él para canalizar sus reclamaciones.

Quanah, como todos, añoraba las viejas costumbres. Deseaba, fuera sólo por una vez, encaramarse a un mustang y salir a sus lomos a la proscrita caza del bisonte, atravesando las inmensas llanuras del Oeste norteamericano que durante siglos habían sido el hogar de los nermernuh, que así se autodenominaban. Quanah ejerció su influencia y, finalmente, obtuvo de los blancos el ansiado permiso. Los indios ensillaron sus caballos y marcharon, eufóricos e ilusionados, a la búsqueda de las densas manadas de búfalos que conocían bien. Lo que encontraron, o, mejor dicho, lo que no encontraron, les horrorizó: en las praderas de Tejas no quedaban más bisontes que los que, muertos y putrefactos, se arracimaban aquí y allá, con las osamentas blanquecidas por el sol. El inmemorial estilo de vida comanche ya no era posible: el animal totémico de cuya piel obtenían abrigo, de cuya carne y leche obtenían alimento y con cuyos huesos tallaban sus arcos había sido dejado por los cazadores blancos, en unos pocos años, al borde mismo de la extinción. Cabizbajos y resignados, los indios regresaron a la reserva.

Aquel, y no el del sometimiento militar y la reclusión en Fuerte Sill, fue el momento en que se consumó la auténtica derrota de los comanches. Es, también, el final de una apasionante historia de auge y decadencia, que S. C. Gwynne narra con el rigor del historiador que por estudios es y la amenidad literaria, cinematográfica casi, del periodista que es por trabajo. Historia accesible y con sentido de lo comercial, sin sopores ni elitismos bizantinos, que hace prosélitos en vez de ahuyentarlos y, en afortunada expresión de un crítico del New York Times, deja polvo y sangre en los vaqueros. Tomemos nota.

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