El botón de muestra

por Pablo Batalla Cueto

Impresiones y estampas de un viaje a Marruecos / 4

La estación de autobuses de Tánger es un sucio y oscuro termitero humano, en cuyo interior nunca deja de rebullir una ruidosa marabunta de viajeros apresurados por entre los cuales deambulan turistas como nosotros, que, doblados bajo el peso de sus aparatosas mochilas, ofrecen una presa fácil a los avispados cazadores que, repartidos por el edificio, viven de abalanzarse sobre los forasteros despistados, voceando nombres de ciudades próximas -«¡Xauen!, ¡Tetuán!, ¡Larache! ¿A dónde, amigo?»- para tratar de canalizar sus jugosos fajos de dirhams a la taquilla de alguna de las compañías de autobuses radicada allí. El ambiente reinante es uno de ésos que activan sin pedirlo el resorte del sentido de la alerta: todo lo que nosotros deseábamos era hacernos con nuestro billete y acceder con él lo antes posible al cómodo parapeto del asiento del autocar, en el cual desprendernos del riesgo a ser abordados y poder contemplar apaciblemente la vistosa algarabía étnica que borbotaba unos metros más abajo.

Una compañía de autobuses amarillos y sugestivo nombre español, La Ideal, pasaba por ser la opción más adecuada para trasladarnos de Tánger a Tetuán. Adquirimos, pues, el ticket, y nos disponíamos a introducir nuestras mochilas en el maletero de nuestro autobús cuando un hombre sentado al borde del mismo hizo, sólo para nosotros y no para los lugareños, un gesto de negación con la cabeza y masculló, con una media sonrisa burlona y una gruesa y curtida mano abierta extendida hacia nosotros, la solicitud de 10 dirhams a cambio del uso del maletero, denegándonos, cuando lo demandamos, la posibilidad de sortearlo cargando los bártulos arriba. El timo era evidente pero no evitable; sólo pudimos, resignados, cerrar los ojos, arquear las cejas, chasquear la lengua y pagar, resoplando, a aquel enésimo fullero de entre las decenas de ellos que acabaríamos cruzándonos a todo lo largo de nuestro periplo marroquí.

Llegados, unas dos horas más tarde, a Tetuán, la que fuera capital del protectorado español en Marruecos guardaba para nosotros, y especialmente para mi novia, otra experiencia desagradable. Apostados a la salida de la estación y a lo largo de las avenidas que la conectan con el centro y son paso obligado para los turistas, varios grupitos de adolescentes ociosos dedicaban la mañana a desnudar extranjeras con los ojos. El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada, decía Bécquer. Las miradas de aquella nauseabunda legión de pajilleros no besaban: violaban; eran como metralletas que disparasen ráfagas de lascivia brutal, animal, salvaje, agresiva como un insulto; viscosa y repugnante como una riada de semen retentibus. Por suerte y en honor a la buena imagen de Tetuán, dicho debe quedar que estos despojos humanos, lejos de estar repartidos por toda la ciudad, se concentran tan sólo en aquel par de calles.

No he podido evitar pensar, tiempo después, si no habría algo  perturbadoramente significativo en aquel par de miradas: en las de los tetuaníes, amenazadoras, acechantes; y en la mía, claudicante y resignada, al timador de Tánger. Si no sería aquel pequeño puñado de ojos el botón de muestra de las miradas mutuas de dos civilizaciones enteras.

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