Mi profesor Jomeini

por Pablo Batalla Cueto

Siempre que veo una fotografía del ayatolá Jomeini me acuerdo de un profesor de matemáticas que tuve en los Jesuitas de Gijón. Últimamente, interesado como estoy en la historia iraní y en plena lectura de Las raíces del Irán moderno, de Nikki R. Keddle, prendida de la omnipresente imagen del imán, la de aquel profesor mío, que generalmente empodrece enterrada en los vertederos de mi memoria, acude a mi mente con mucha frecuencia. Lo curioso de la asociación es que, en realidad, nadie diría que el barbudo Ruhollah y mi barbilampiño profesor guardan excesiva semejanza física. La suya no es una similitud evidente, sino una sutil, subrepticia, sigilosa, pero la vida nos demuestra a veces que precisamente en lo sutil, subrepticio y sigiloso se amarran los nudos más firmes, como cuando dos manos amantes se entrelazan por debajo de la mesa. Jomeini y mi profesor se parecen, sí, mucho, y, al igual que un observador perspicaz sabría localizar en los ojos felices de los amantes la manifestación visible del invisible entrecruzamiento de manos, también en el caso del ayatolá y el matemático, la inverosímil relación que yo les encuentro, creo, tiene que ver con sus miradas análogas, idénticamente severas, idénticamente penetrantes: la del fanático religioso, en el caso de Jomeini; la de enseñante conservador de colegio católico y vieja escuela, en el de mi profesor.

«El profesor había abandonado el tradicional minbar típico de la mezquita y se sentaba en el suelo en una esquina de la clase para hablar a los jóvenes, a quienes les fascinaban sus críticas a la política del gobierno», leo en el libro de Keddle sobre el período durante el cual Jomeini impartió un curso de ética en una madraza de Qom. Tampoco en esto encontraría nadie, probablemente, una conexión que no fuera tenue con aquel profesor, al que no recuerdo haber visto jamás sentado en el suelo, y sin embargo, también ese pasaje me lo ha devuelto a la memoria. Imagino la voz grave -no sé si lo era, pero la imagino grave- de Jomeini despedazando con calmosa solemnidad el gobierno del sha, y, a la vez, recuerdo a mi profesor de matemáticas desgranando con croquis en la pizarra para los niños de doce años que éramos los motivos por los cuales había de considerarse calamitosa la gestión del gobierno socialista de la región y no era recomendable, en un momento de conflicto por las intenciones gubernamentales de recortarle privilegios a la educación privada, posicionarse del lado de los defensores de la educación pública, laica y gratuita.

Me enteré hace poco de que a mi profesor lo expulsaron del colegio, denunciado por acoso sexual por una jovencísima alumna. Hay personas que son tópicos andantes.

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