Las dos Españas del Pequeño Zoco

por Pablo Batalla Cueto

© Pablo Batalla Cueto

Impresiones y estampas de un viaje a Marruecos / 3

¿Dónde tomar un té en Tánger? Nuestra guía turística nos sacó, rápidamente, de dudas: la opción más atractiva pasaba por ser acercarse al Pequeño Zoco, una pequeña y agradable placita en el centro de la medina, y arrellanarse en la terraza de uno de los dos populares cafés que la flanquean: el Tingis o el Central. La guía no decantaba la balanza de la recomendación hacia ninguna de las dos opciones, dando ambas por óptimas, pero al llegar a la plaza pudimos comprobar que, lejos de parecerse, el Tingis y el Central eran, casi, sendos compendios de dos maneras antagónicas de concebir el negocio de la hostelería.

El aspecto del Tingis era corriente y austero, tan elegantemente decadente como el propio Tánger, sin más florituras que un sencillo toldo con el nombre del café en francés y árabe. Acodados en las sillas de mimbre y las sobrias mesas metálicas, varios parroquianos, muchos de ellos ataviados con ropas tradicionales y sólo unos pocos a la occidental, hojeaban el periódico mientras sorbían sus tés con menta o aspiraban el humo suavemente aromático de una shisha, esa grande y aparatosa pipa de agua omnipresente en todo el mundo islámico, que en otros lugares llaman nargile y aquí denominamos cachimba e identificamos, impropiamente, más con desaconsejables vicios juveniles que con el muy serio y antiquísimo ritual que es en aquellos pagos. A pocos metros de allí, el Gran Café Central ofrecía una imagen más moderna y europea, con sus sillas cuadradas de mimbre sintético oscuro, sus sombrillas, sus jardineras y una concurrencia aparentemente más joven, incluyendo algunas mujeres inusualmente mezcladas entre la mayoría de hombres.

Un par de rubios y pálidos turistas nórdicos había escogido escudriñar sus enormes mapas en la terraza del Central; a nosotros, un escurridizo concepto de lo “auténtico” nos impulsó a optar por la del Tingis. Un camarero pulcramente uniformado entrado en años, canoso y regordete, con toda la pinta de trabajar allí desde hacía decenios, satisfizo nuestra demanda disponiendo sobre nuestra mesa una primorosa bandeja de plata con una tetera del mismo material, un recipiente con terrones de azúcar y dos vasitos de cristal, y nos mostró, sin mediar palabra, el modo de empleo tradicional de aquellos elementos escanciando el té a media altura sobre los vasos.

No descubriríamos hasta unas horas más tarde, por boca del dueño del riad que nos sirvió de posada durante nuestra estancia en Tánger que, durante la Guerra Civil Española y la época del protectorado español, el Central había sido el café predilecto del sector progresista y prorrepublicano afincado en la ciudad, tanto como el Tingis lo había sido de los conservadores y de los franquistas, hasta el punto de ir, los dos bares, más allá de la inocente vocación de servir sus tés y convertirse, algunas veces, en dos trincheras opuestas, desde las que los clientes de uno y otro lado, entre vivas a la República y arribas a España, llegaban a arrojarse sillas, botellas y apasionados improperios. Al saber de ella, aquella identificación ideológica no nos sorprendió, pero sí constatamos con horror que un cierto impulso natural o unas ciertas querencias nos habían llevado, inconscientemente, a preferir el bar del enemigo al del bando propio.

Al regresar a España me sumergí en la Red a la busca de información al respecto, y descubrí que nuestro anfitrión se había evocado: el Central era el café franquista, y el Tingis el republicano. Después, una segunda página web desmintió a la primera: el Central, sí, era conservador, pero el republicano era un tercer café, el Fuentès, y el Tingis nada o en todo caso una especie de tercera España neutral. Aún no he sido capaz de resolver este guirigay histórico, pero tengo la sensación de haber recibido una valiosa lección alegórica acerca de la historia, la política y la sociedad de mi propio país.

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