La camiseta inflamable

por Pablo Batalla Cueto

En el Camp Nou de Barcelona, varios asientos amarillos insertos entre la mayoría de azules de una de las gradas del estadio componen la leyenda més que un club, que probablemente no haga falta traducir al español como “más que un club”. Es, desde hace décadas, el lema del Futbol Club Barcelona y expresa esa dimensión sociopolítica que hace al club una institución influyente en ámbitos muy alejados de los estrictos dominios del ocio y el espectáculo. Ambos dos, la dimensión y el lema, provienen del franquismo, cuando las aguas del catalanismo, subsuelizadas por imperial decreto, encontrando anegada toda posible salida política, sindical o cultural a la superficie de la piel de toro, supieron canalizarse a través del aparentemente inocente deporte rey, encontrando en el Barça esa trampa que ninguna ley ha sido jamás capaz de evitar contener. Así como el Real Madrid olvidó las resonancias republicanas y comuneras de la franja morada de su escudo para dejarse elevar a la categoría de niña bonita de la dictadura y del centralismo castellano, el Barcelona, como reacción, no tardó mucho en verse transformado en el equipo predilecto del antifranquismo nacionalista y federalista.

En El País del jueves, inserta entre las informaciones referentes a las elecciones egipcias, se incluye una fotografía que muestra a una turbamulta abucheando a uno de los candidatos, Ahmed Shafiq. En una esquina de la imagen uno de los manifestantes viste, además de una taqiya o gorro de oración, una camiseta del Barça. No es oficial, sino una de las imitaciones baratas que se comercializan en el mundo islámico, con el escudo descristianizado blanqueándole a la cruz de San Jorge la intersección entre las dos aspas para convertirla en un aséptico ajedrezado rojiblanco.

Alrededor de un 30% del electorado egipcio, explica El País, es analfabeto, y hubo de implementarse un sistema de asignación de dibujos para facilitar a ese sector la identificación de los candidatos y la decisión de su voto. Al articulista se le olvidó o no se le ocurrió sugerir que tal vez el pueblo egipcio vista la democracia como mi amigo el antishafiquista su camiseta del Barça: deslumbrado por una moda occidental sin comprenderla; sin entender ni su significado ni las consecuencias y exigencias de ese més que del que probablemente ni tan siquiera tenga noticia, ni la contradicción inherente a la yuxtaposición de la zamarra y la taqiya. Sin poder permitirse nada más que una versión falsa y de mala calidad, fabricada en esa clase de tela sintética que arde tan fácil y tan feo. Sin comprender, en suma, que la ignorancia es tan peligrosa como ciertos futbolismos fanáticos.

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