Habrá un día en que todos

por Pablo Batalla Cueto

© Pablo Batalla Cueto

Impresiones y estampas de un viaje a Marruecos / 2

No muy lejos al oeste del centro de Tánger, colgado como un balcón del borde del abrupto promontorio sobre el que se asienta la medina vieja, se encuentra uno de los miradores más atípicos del mundo. Se trata de una pequeña zona despejada abrigada entre edificios, predilecta de los tangerinos para, en las tardes de sol, acudir a relajarse contemplando las extraordinarias vistas, pero su auténtica condición dista considerablemente de ser la de espacio de asueto: es, en realidad, un milenario cementerio fenicio. Las parejas, las familias, los corros de amigos y los paseantes solitarios que se acercan al lugar utilizan los huecos cuadrangulares de las tumbas excavadas en la roca como asientos y como papeleras. Semejante desprotección del patrimonio arqueológico sería relativamente sorprendente en Europa; en Marruecos es, tristemente, la norma.

El galicismo déjà vu denomina esa sensación, no exactamente incómoda, pero sí perturbadora como la ligerísima caricia de un fantasma, que se tiene en ocasiones de ya haber visto antes lo que se está contemplando, a pesar de tener la absoluta certeza de no haberlo hecho. Aquella apacible y resplandeciente tarde abrileña, contemplando acodado en aquella terraza fenicia las estribaciones de la Punta de Tarifa y la Bahía de Algeciras erguidas como con la rotunda vanidad de una muralla al otro lado del estrecho de Gibraltar, yo experimenté uno.

Generalmente, los déjà vu no duran más que un par de segundos; por eso me desconcertó percibir que el mío, lejos de remitir, persistía en agarrarse con firmeza a mis perplejas meninges. Estaba seguro de haber admirado antes aquel epílogo de España inusualmente columbrado desde la ventana de enfrente, pero, ¿cuándo, si jamás había estado en Marruecos antes?

De pronto, los sencillos acordes de una vieja guitarra comenzaron a vibrar en el interior de mi cabeza, y el vozarrón maño de José Antonio Labordeta empezó a entonar la letra de una canción conocida: Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga “libertad”. Entonces comprendí. Efectivamente, nunca había visto antes aquel horizonte, pero sí lo había imaginado. Había pintado con la etérea brocha de la imaginación siempre así aquella tierra que ponga libertad de la canción: una imponente línea de acantilados obscenamente extendida a todo lo largo del otro extremo de un brazo de mar lo suficientemente angosto como para provocar el deseo de cruzarlo, pero lo suficientemente ancho como para no hacer fácil la ejecución.

Como para darme la razón, desde una tumba contigua a la nuestra, un par de novios adolescentes escrutaban con atención, serios, callados, pensativos, el otro confín del universo.

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