El agua de la pecera

por Pablo Batalla Cueto

Impresiones y estampas de un viaje a Marruecos / 1

No recuerdo su nombre, pero tenía esa cara de llamarse algo así como José Luis y apellidarse algo así como García propia de un prototípico padre de familia de cuarenta y tantos. Mi novia y yo le conocimos en el avión que nos trasladó desde el aeropuerto de Barajas hasta el Ibn Battouta de Tánger; este digamos que José Luis García ocupaba el asiento contiguo a los nuestros. En algún momento, algo le llamó la atención en nuestra conversación que le dio pie a hacernos alguna observación, y ésta, a su vez dio comienzo a una agradable charla. José Luis trabajaba, nos contó, desde hacía unos ocho años en el Instituto Cervantes de Fez. Cuando le referimos que Fez iba a ser uno de nuestros destinos, José Luis frunció el ceño y nos previno de que tuviéramos cuidado. Que Fez, sin ser tanto como peligrosa, sí era una ciudad grande y caótica que podía deparar percances muy desagradables al turista que se allegase a ella sin tomar las adecuadas cautelas. Nos propuso entonces que, al llegar a la Atenas del Magreb, nos acercáramos a la sede del Cervantes. Nos ofrecería un té y, plano en mano, nos explicaría las zonas a evitar y los cuidados a observar. Muy agradecidos, nos despedimos de José Luis en el aeropuerto tangerino, prometiéndole visitarle tres o cuatro días después.

Si algo caracteriza a todos los turistas incautos es que siempre están presuntuosamente convencidos de no serlo y de no necesitar más ayuda que una guía y un mapa. Si algo caracteriza a quienes escupen hacia arriba, es que el salivazo tiende a retornar como un bumerán y a acabar invariablemente salpicando el rostro de su autor. Fez descorrió el velo de su mitad más repulsiva (pero tiene otra) en cuanto nos abrió las puertas.

El historiador Salvador Martí, experto en nacionalismo, compara la nación con el agua de las peceras: el pececillo no es consciente, cuando bucea en ella, de su extensión, ni, tal vez, de su propia existencia; bastaría, en cambio, sacarle de ella e introducirlo en otra pecera rellena con un agua diferente, aun ligerísimamente, en temperatura o en composición para comenzar a ahogarse y descubrir dramáticamente la preciosidad de aquélla otra en la que ha nacido y crecido. Mientras recorríamos aquella ciudad hostil atenazados por una pequeña ristra de amenazas, nosotros descubrimos que, en algún punto en el centro de aquella endiablada selva, había, eso era el Cervantes, un pedacito de hogar, un trocito de terruño en el que, por mucho que la situación pudiera deteriorarse, encontraríamos tendida una mano compatriota, desconocida pero a pesar de todo amiga, para salvarnos desinteresadamente de las arenas movedizas; una salida del laberinto marcada con una bandera conocida, roja y gualda, que nunca fue la nuestra pero que, a pesar de todo, jamás dejaría por ello de ofrecernos el más desinteresado de los cobijos. Tranquilizados por aquella certeza comprobamos, no sin sorpresa, que España, tan madrastra casi siempre, a veces puede revelarse como la más amante de las madres. Habíamos descubierto, así, el agua de nuestra pecera.

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