La tortilla sin huevos

por Pablo Batalla Cueto

Es difícil encontrar una fotografía de una barricada en Google Imágenes. En español, el buscador sólo es capaz de ofrecer una homogénea catarata de imágenes relacionadas con el famoso grupo pamplonica de rock que lleva el mismo nombre. Proponiéndole el inglés y francés barricade, los resultados son algo más variados, pero tampoco incluyen auténticas barricadas, pues la popularidad de éstas ha sido desplazada en esos idiomas por la de un personaje de Transformers y unas zapatillas de Adidas. El panorama es similar en italiano: un festival de música, una revista, un vino y un villaggio turistico llamado Porto Barricata copan los primeros puestos de resultados más populares, antes de dar paso, por fin, a una barricada stricto sensu.

La fotografía es tan vieja que ni siquiera es una fotografía, sino un dibujo a lápiz que representa a una afanosa multitud de señores con chistera amontonando lo que parecen sillas, mesas, armarios, barriles y otros cachivaches de madera en una calle desde cuyos balcones los observan algunos vecinos. Sobre la cúspide del amasijo, uno de los revoltosos ondea una bandera. El pie de foto explica que la imagen corresponde al Milán revolucionario de 1848.

Que la barricada es un invento antiguo y de largo recorrido lo evidencia el siempre conservador diccionario de la RAE, que alude a “carruajes volcados” como uno de los elementos que suelen emplearse para levantar esta clase de parapetos. La Wikipedia lo confirma: hubo barricadas en la Comuna de París, las hubo, sí, en 1848, las hubo en 1830 e incluso se utilizaron en 1648 en las revueltas parisinas (París, siempre París) contra el cardenal Mazarino. Han estado siempre ahí, insertas en el genoma de la humanidad revolucionaria de todos los lugares y todas las épocas, cortando el paso y en sutil paradoja marcando el camino de todas las primaveras que han configurado a trompicones lo poco de bueno que pueda caracterizar al mundo en el que vivimos, pero ya no están de moda.

Hoy se deconstruye todo. Se deconstruyen las tortillas, y los refalfiados protestantes de la posmodernidad aspiran a freírlas sin necesidad de cascar los preceptivos huevos; y se deconstruyen las palabras: este 15 de mayo, la concentración del movimiento 15-M que tuvo lugar en la Plaza de los Bandos de Salamanca dio comienzo con el relato de un cuentacuentos de cómo centenares de duendes oprimidos por una bruja mala soñaban con un gobierno de las hadas. Antaño se gritaba: “¡A las barricadas!” El perroflautismo en vigor elimina la barrica, y grita: “¡A las hadas!”, renunciando a la eufónica contundencia del viejo tetrasílabo. Olvida o tal vez no que las hadas no existen, y que los sueños, sueños son.

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