Cabo Norte

por Pablo Batalla Cueto

Más arriba de todo, más allá, más allá de todo, más al norte, al norte del norte del norte, allí donde sólo hay enes en las brújulas, detrás del último horizonte que sucede a centenares de aparentes últimos horizontes, en la última célula de la última yema del último dedo índice del brazo estirado del mundo, se adentran en las tinieblas del Ártico, auténtico Finisterre, los abruptos acantilados del Cabo Norte. El furor deslindador de los hombres quiso hacerlo pertenecer administrativamente a la República de Noruega; en realidad, el Cabo Norte a nadie pertenece más que a sí mismo. La discreta empalizada del Círculo Polar contiene sin esfuerzo el obstinado empuje de la ley; más allá de ella, hasta la naturaleza se vuelve anarquista. La aurora es de colores y el día y la noche encuentran, fuera de los ojos del tozudo bipartidismo de la humanidad, el escondrijo de amantes en el que, cada solsticio de cada verano, encontrarse y desprenderse tranquilos de su impostado traje de enemistad para abrazarse y besarse y desleírse en un solo cuerpo con la tez anaranjada de un atardecer eterno.

Los ecos del desquiciante bullicio del hormiguero humano no alcanzan este remoto reino del sosiego y de la paz, en las antípodas de la urbanización. En Cabo Norte no hay prima de riesgo, ni semifinales de Champions, ni primaveras revolucionarias, ni conciertos de Bruce Springsteen, ni fiestas de guardar: tan sólo un solitario globo terráqueo de metal, que, sentado a su propio borde, observa y jamás deja de observar, con la apacible paciencia de un jubilado, el Sol levantarse y ponerse, las olas mecerse, la nieve caer. Nada sucede allí, nada resquebraja el armónico estado de las cosas. Todo es quieto y permanente en Cabo Norte. Todo es seguro allí donde mueren todos los caminos.

Rota y derribada por el ariete implacable de la economía la pequeñita atalaya en la frontera imaginaria entre Sildavia y Borduria desde la que, cada jueves, lanzaba mi voz al puñado de orejas que querían escucharme, echo de menos escribir, echo de menos opinar, y he pensado que, tal vez, alguno de aquellos pocos fieles seguidores que conseguí reunir en torno a mi púlpito eche de menos leerme. Para ellos, si existen, pero sobre todo para mí mismo y para mi propio impostergable desahogo, he decido recoger, hoy que todo se derrumba y hay tanto de lo que hablar, mi máquina de escribir de entre los escombros de La Voz de Asturias, y ser anacoreta en este resguardado confín septentrional hasta que la tormenta escampe, si es que escampa, y el alma de La Voz pueda, si es que puede, transmigrar a un nuevo proyecto periodístico, y éste guste, si es que gusta, de solicitar mi colaboración. Sean bienvenidos.

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